Se corrió el velo

“El mundo entero hoy está parado sobre un abismo”, dijo el profesor de literatura, poeta y columnista Cristián Warnken en una entrevista el fin de semana en un diario de Santiago.  Entre otros asuntos de la actualidad se refería al virus SARS-CoV-2 y a los drásticos efectos socioeconómicos que ensombrecen a la humanidad desde que la pandemia se desató algunos meses atrás.  Una pequeña frase, pero tan llena de verdad, nos remite a la precariedad de la vida, que con tanto ahínco hemos querido olvidar.

Me atrevería a decir que los días de confinamiento han sido para todos un maratón emocional.  Una ruleta rusa de ánimos: el miedo al contagio, la impotencia del sistema de salud, la esperanza de la vacuna, el brío de ponerse la mascarilla para salir a comprar la verdura, la congoja cuando nos enteramos que luego tendrán que elegir entre quien muere y quien recibe el respirador, el desaliento de no poder ver al hijo que vive con la exmujer, todo amplificado hasta reventar por las redes sociales y medios noticiosos.

“Es como ver una película de ciencia ficción”, me dijeron en una de las tantas reuniones Zoom.  El guion del thriller contiene: desconocimiento cabal de la enfermedad, inexistencia de un tratamiento, sistema de salud colapsado, médicos agónicos, muertes inevitables, cadáveres congelados en cámaras frigoríficas afuera de los hospitales, confinamiento planetario, la mayor recesión económica de la historia de la humanidad, falsas noticias que te persiguen todo el día, un virus tan contagioso que a tu madre la tienes que saludar con una mascarilla puesta y con un gesto tailandés a dos metros de distancia.  No puedes escapar de su amenaza ni en la más remota isla del Pacífico.  Sin duda, Hollywood quedó chico.

Pero lo más asombroso no es la película misma, sino lo que está trasluciendo por detrás del velo.  La expansión de la conciencia se asemeja mucho a un proceso entrópico de un sistema, en lo que se refiere a su grado de irreversibilidad.  Una vez que avanzamos hacia la verdad no es posible volver atrás, salvo que aniquilemos la conciencia misma, que es lo único de valor que realmente poseemos.  El coronavirus nos ha detenido. Nos ha obligado a reflexionar, y como nos rehuimos a secuestrar nuestra propia conciencia, de a poco nos hemos visto forzados a aceptar la ruda hipótesis que asocia el aparecimiento de este virus tan infeccioso al agotamiento de un sistema de organización económico social.  No como relación de causa y efecto, pero como cosas sospechosamente contemporáneas.

Veamos las evidencias esparcidas por un amplio espectro de variables de sistemas biológicos, sociológicos y económicos, por así decir.  La pandemia es un evento repentino, de gran magnitud, que provoca un quiebre y marca un antes y un después.  Probablemente es el efecto de una serie de alteraciones de sistemas extraordinariamente complejos e interdependientes, tales como el cambio climático, la invasión y destrucción de hábitats por parte del hombre, las profundas reconfiguraciones sociales a raíz de la híper conectividad causada por la ubiquidad de la internet, la creciente erosión de las instituciones democráticas en algunos países y el retroceso a tiempos autocráticos en otros, con políticos populistas sosteniéndose en el poder sembrando mentiras por algún interés oculto.

No estoy habilitado profesionalmente para profundizar en todos estos temas, pero siendo un economista formado durante el esplendor del capitalismo neoliberal, me siento menos incómodo para discurrir sobre el sistema económico que se estableció como el superviviente del desplome del comunismo a fines del siglo pasado – aun recuerdo la estupefacción del profesor del ramo “Sistemas Económicos Comparados” en la universidad, cuando en el medio del semestre recibimos la noticia de la caída del ícono de la Guerra Fría, el muro de Berlín.

Para hacerlo simple, por el lado de la producción el motor capitalista neoliberal se sostiene en la palabra más.  La necesita como una especie de garante de la legitimidad de su valor e indicador de su vigor.  Mientras podamos producir más cantidades de un bien o servicio, más variedades de productos, para llegar a más consumidores, con menor uso de recursos – que es lo mismo que decir con más eficiencia –, el sistema se auto diagnostica con salud y se perpetúa.  Lo hemos perfeccionado al punto de producir una cantidad extravagante y obscena de posibilidades, con una positividad tan imparable pues nada está prohibido o es inalcanzable, que nos ha enfermado a todos. A nosotros, porque según sus propias medidas, el sistema económico estaba bastante sano.

En una espiral sin sentido, sobrepasamos lo que es necesario para la vida y conveniente para el alma.  Tanto bienestar, seguridad y predictibilidad nos hizo perder el respeto por la vida misma, y paradojalmente nos sentimos agotados por la exigencia de la máxima de este sistema económico, que es producir y consumir más.  Sostiene el filósofo Byung-Chul Han, acérrimo crítico del capitalismo destructivo, que estamos incapaces de emoción, rendidos y agotados por tanto pensamiento calculista, sin tiempo, energía y serenidad para el pensamiento contemplativo.  En una dimensión colectiva, dice que vivimos el infierno de lo igual, porque no importa donde vayamos, siempre estaremos mediados por Facebook, y la Coca-Cola local sabrá igual que en cualquier otro rincón del mundo.  Según él, esta es la manera a través de la cual el capitalismo neoliberal consigue el tan anhelado más: igualar y acelerar.

Por el lado de la distribución, las noticias tampoco son muy alentadoras.  Muchos economistas que defienden ciegamente el capitalismo se aferran a las estadísticas que demuestran que en el último siglo ha habido un tremendo avance de prosperidad en el planeta.  Esto es innegable, y seria una locura sostener que es mejor volver a 1920.  Lo que sí parece irrefutable, es que hoy aun vivimos una tremenda desigualdad entre naciones y también entre estamentos sociales dentro de muchos países.  Nadie tiene la respuesta de porque el ser humano no ha sido capaz de resolver su más grande desafío desde sus principios, que es repartir el producto del esfuerzo colectivo de manera digna, para no decir justa.

No soy propagandista del comunismo y no estoy haciendo la apología de la muerte del capitalismo, solo me reconozco cautivo del mismo dilema que George Soros, que por su lado también piensa que la crisis del capitalismo global tiene como causa la fe ciega en las fuerzas del mercado que nos impide ver inestabilidades decisivas, y cómo esas inestabilidades han generado una reacción que ha causado la crisis actual.

Me asombra la cantidad de paralelos que mi imaginación ha establecido entre la pandemia y el malestar que vivimos actualmente en la sociedad.  Experimentamos una tempestad de citoquinas económicas, tal como el novedoso virus desencadena una respuesta inmunológica exacerbada que ataca a nosotros mismos.  Hoy salió con gran alarde la noticia que el esteroide dexametasona es la droga más eficaz en pacientes graves de COVID-19.  En el caso de la economía, el corticoide que es capaz de alivianar los síntomas de nuestra enfermedad social es más consumo.

El virus no mata a todos, pero es inclemente con los que no tienen buena salud.  Hay que partir por ahí.  La salud del planeta puede ser medida por la armonía de los sistemas que sostienen la vida, y no hay dudas que estamos fallando en este aspecto.  No puedo eludir asociar el maltrato que estamos infringiendo a nuestro planeta de la forma de como nos comportamos económicamente.  Mientras hagamos vista gorda y sigamos consumiendo agua mineral importada de Italia en vez de la alternativa local, llenando los basurales con plásticos que tardan seiscientos años en degradarse, y usando productos nocivos a gran escala que dejan rastros en el frágil ecosistema imposibilitando la vida a miles de especies de seres vivos, la naturaleza nos seguirá recordando que está enferma.  La pandemia es su voz.

De la misma manera que el virus no elige a quien infecta, no estamos frente a un problema de ideologías de izquierda contra las de derecha, entre ecologistas y consumidores, entre los de contracultura y ciudadanos plenamente adaptados al sistema social vigente, entre viejos tradicionales y jóvenes que piensan cambiar todo.  Toda esa discusión es anacrónica.  Cada vez más simpatizo con la idea que simplemente vivimos el fin de un ciclo, y no me refiero al levante social en Chile, que no es más que un reflejo de lo que ocurre globalmente, pero si a la anticipación de un quiebre colosal y planetario, digno de ser recordado en la historia de la humanidad como fue la Edad Media o la Revolución Francesa.  Quizás los historiadores del futuro pongan el nombre “Colapso Económico Autoinmune” o “La Infodemia del Siglo XXI” a este período de nuestra historia.

En esta noche fría de junio no encuentro respuestas y sé que por ahora nadie calmará mis inquietudes.  Tal como la tan necesitada vacuna las soluciones tardarán en llegar, entonces debo cuidar mi propia tormenta de emociones haciendo lo mejor que pueda para transmutar mi miedo en confianza, la ira en acción, el desconsuelo en acogimiento y el desaliento en esperanza.

Así, aunque no vea a un mundo justo y armónico antes del próximo verano, continuaré buscando paz, esforzándome en mi pequeño espacio, haciendo posta, y deseando que mis sucesores lleven la humanidad a lugares más elevados que lo que hasta ahora hemos logrado alcanzar.  También se puede hacer pasta.

Por lo pronto, me he recogido a ser más amable en un entorno muy pequeño alrededor mío, y no tengo falsas esperanzas de cambiar nada con algún acto heroico.  Creo en la simpleza del uno con el otro, en la multitud de pequeños actores que hacen la diferencia desde el cuidado y la reflexión de sus actos cotidianos.  Creo en la nimiedad de saludar a un extraño, de dejar de consumir un helado porque viene envuelto en mucho plástico, en sentirme mal por estar en mi automóvil cuando en el congestionamiento me quedo parado al lado de un bus del transporte público atiborrado de personas.  Si cada uno, si todos somos capaces de cambiar nuestra próxima pequeña decisión iluminados por la conciencia, transitaremos con menos sufrimiento hacia el próximo ciclo de nuestra historia.

Un diminuto virus corrió el tupido velo.  Y nos trajo noticias.

Fernando Coura

18 de junio de 2020

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